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Viernes 31 Octubre 2008
Escrito por Julio Rodríguez Chico el 31.10.08 a las 7:25
Archivado en: Seminci

seminci53-logo6.jpgTeniendo aún fresca la proyección de “Metrópolis” de la noche anterior, el jueves dimos un paseo por tierras argentinas para conocer un poco más a sus gentes y descubrir su gusto por las cosas pequeñas. Como no podía ser de otro modo, nuestro primer guía fue Carlos Sorin con “La ventana”, una película íntima y minimalista en la que asistíamos al último día de vida de don Antonio, un anciano que se recupera de un infarto en su casa de campo y que espera la llegada de su hijo desde Europa. Como en el resto de su filmografía, la historia es pequeña y no va más allá de esos preparativos, con solo una escapada por los alrededores para añadir cierto dramatismo. Pero en el cine de Sorin lo importante no es eso, sino recoger los momentos de vida interior de sus personajes, hacerlo con una asombrosa sencillez formal que transmite las menudencias cotidianas o que sabe percibir el paso del tiempo. Como dijo en la rueda de prensa, le interesa «capturar la verdad de sus personajes para, con sutileza y con todos los matices posibles, conmover al espectador con reacciones muy humanas». Quizá por eso su diseño de producción contiene numerosos detalles que dan verosimilitud a las escenas, y también por eso quiso que el actor, Antonio Larreta, y el personaje fueran escritores, «porque ellos tienen una forma particular de decir las cosas».

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“La ventana” es una cinta sobre la vida más que sobre la muerte, inspirada en un cuento que recogía el último día de Antón Chéjov y también en la necesidad personal del director ante el fallecimiento de su padre. Nos dijo que, escribiendo el guión, se percató de «estar casi haciendo un remake de “Fresas salvajes”», película que había supuesto su despertar al cine adulto y que no veía desde hacía cuarenta años. Efectivamente, su film recoge esa contemplación de la vida cuando se extingue y el retorno a la infancia –memorable inicio y clausura de la cinta– y también se aprecia la misma distancia del anciano respecto a su hijo y nuera que en la obra de Ingmar Bergman, pero la sensibilidad es otra y aquí está trufada de una «mirada humorística que debe salir natural, porque quería que el espectador respirase y tuviera cierta sonrisa al verla», comentó Sorin. La sensibilidad y delicadeza que el rostro de Antonio transmite sólo es comparable a la mirada de una cámara “esencial” que recoge la luz decadente del día, el soplar del viento en la naturaleza o el tic-tac de un reloj que no para: la imagen y el propio cine son por eso protagonistas de este “ejercicio de estilo” –así lo llamó el director aludiendo al cine de Alexander Sokurov en el que se miraba–, queriendo dar con este trabajo un giro en su filmografía. Sin duda, estamos ante una historia dura pero bella y tierna, ejemplar en la depuración formal y que captura el tiempo y los sentimientos de manera sutil, poco narrativa y muy interior. Con un presupuesto inferior al medio millón de euros, es una apuesta por el cine de autor de calidad y profundamente humano. Si se llevase algún premio, sin duda sería merecido porque estamos ante una película exquisita. … sigue >>